Alejo Carpentier. “El Camino de Santiago”


EL CAMINO DE SANTIAGO. ALEJO CARPENTIER

1. La difícil hazaña
Aquello de “pica en Flandes” me gusta entre otros porque soy originario
de esta región, en Bélgica actualmente, parte importante de una Europa que,
tres pasos adelante y dos para atrás, se está gestando. La linda fórmula nace en
la segunda mitad del siglo XVI, cuando las tropas españolas estaban ejerciendo
una presión enorme sobre lo que entonces eran “los Países Bajos”. Explico las
comillas: simplificando un poco, corresponden a lo que actualmente sería “Holanda”
y Bélgica. Doble tarea les tocó a los invasores: por un lado, salvaguardar
su imperio y, por otro, impedir que esos territorios pasaran al protestantismo.
Como antes, en tiempos de Julio Cesar y después, con Napoleón y Hitler, Bélgica
era entonces otra vez el campo de batalla del Viejo continente. “The cockpit
of Europa”, le llaman en inglés: el espacio para la pelea de gallos.
Para visualizar la expresión sugiero tener en mente también el cuadro de
Velásquez “La rendición de Breda”, (1634), cuadro que se encuentra en el Prado
que en una perspectiva claramente pro-española visualiza la magnanimidad
imperial frente a la derrota de la ciudad, ahora holandesa y entonces
flamenca. El lienzo se conoce también como “Las lanzas” casualmente porque

* La versión original de este trabajo constituyó una ponencia para unas jornadas conmemorativas de Alejo Carpentier, en la Universidad de Costa Rica (Sede de Occidente). Aquí se ofrece una actualización de una publicación en: Federico García Lorca et Cetera, Estudios sobre las literaturas hispánicas en honor de Christian De Paepe, por N. Delbecque, N. Lie, B. Adriaensen (eds). Leuven University Press, Bélgica, 2003, pp. 517-523.

pone en evidencia cantidad de esas armas largas “con un hierro pequeño y
agudo en el extremo superior” (cito por mi diccionario). La expresión “una pica
en Flandes” no pone en entredicho la eficacia del instrumento, sino (y sigo
con Casares) se usa en términos figurativos y familiares por “conseguir una cosa
muy difícil”.
Pero aquí más que ribetes históricos y desde una perspectiva española, me
interesa apuntalar el dicho del lado literario y universal: al escribir este relato,
Alejo Carpentier logra de verdad una difícil hazaña, en términos técnicos, artísticos,
al mismo tiempo que su mensaje ahora trasciende el momento específico aludido
para llegar a ser símbolo válido también aquí y ahora. El ejercicio académico
que va a continuación pretendo entonces eso: explicar unos pormenores de
ubicación, para que el lector, por ejemplo en esta Costa Rica del año 2005, que es
donde y cuando escribo, logre saborear mejor el empeño logrado: este será el mejor
homenaje que le podamos hacer en el centenario del gran autor cubano.

2. Abundancia de referencias flamencas en El camino de Santiago
Entendámonos, evidentemente lo flamenco, cuando se menciona en este
relato remite al territorio de Flandes, como es su primera acepción, desde hace
casi un milenio. El otro significado en español, referido a cierta expresión
esencialmente musical del sur de España, apenas se acredita en el siglo XIX;
por lo extenso, ni aludiré aquí a probables puentes entre esas dos utilizaciones
de un mismo vocablo.
1 En español, el mismo término refiere además a cierto
pájaro de patas largas. Pero entiéndase, ni el autor del presente escrito ni el flamenco
aludido en este relato, tocamos guitarra ni nos parecemos a esos plumíferos
aludidos.
No cabe ponerlo en discusión: hay una impresionante presencia de Flandes
en esta historia. Desde la primera página a la última, es más, desde el mismo
renglón inicial (con la mención del río Escalda) hasta casi el último (con la
alusión, por enésima vez, a Flandes), a lo largo de unos cuarenta folios que
ocupa la narración2, se registran más de veinte claras y directas referencias a
este ámbito geográfico nórdico. De acuerdo, allí transcurre gran parte del relato,
en siglo XVI, pero como sea, esa insistencia en un sitio tan alejado de Galicia,
concretamente de Santiago de Compostela, ciudad que da título al relato,
merece ser examinada de más cerca.
Once capítulos pequeños estructuran el conjunto. Flandes tiene una destacada
presencia al principio, especialmente en los capítulos I y II, siendo el lugar
de arranque del curioso peregrinaje que se relata. Por eso se lee sobre el

1 Ver: “Lectura “flamenca” del “Burdel de las Pedrarias”, ponencia para el V° Congreso Centroamericano de Historia, San Salvador, en Romaneske (KUL), Año 26, n° 1, 1er trimestre 2001, pp. 58-65. Allí respondo parcialmente ya a esa curiosa relación entre lo flamenco de Flandes y lo flamenco de Andalucía. El tema no está agotado y habrá que volver sobre ello.
2 He utilizado la edición del relato contemplada en el conjunto Guerra del tiempo, publicado por Alianza Editorial, Madrid, 1993. Evitaré referirme a páginas concretas; más bien ubicaré por capítulos, con letras romanas, como lo hace el autor. En todo caso, sea cual sea la edición que se maneja, no cabe duda, la mención de Flandes vuelve en casi todas las páginas. Crepúsculo de Amberes y sobre el cutis de flamenca (ejemplos del capítulo I), refiriéndose a la amante del Duque de Alba. Allí también se señala que la peste es
una enfermedad que no se veía en Flandes desde hacia mucho tiempo a causa de la humedad del aire y cuando Juan cree haber sido contagiado, para calentarse ocuparía todos los edredones de Amberes (ejemplos del capítulo II).
Pero siendo el personaje principal un español, no deja de sorprender que no es (o no es solo) a su patria, sino a Flandes que aluden santísimas veces, él y su narrador, en todos los capítulos, con una sola excepción, el IV, cuando se encuentra en Burgos. Son constantes las alusiones, lo veremos, hasta tal punto
que, si bien conocida es la constante tensión que Carpentier provoca en casi todas sus obras, entre el “allá” y el “acá”, América Latina y Europa, en este caso, con el mapa europeo como trasfondo, maravillosa resulta también la tirantez entre el “entonces” y el “ahora”. Hasta durante la escapada a la “América
caribeña” vuelven a su mente las imágenes de Flandes, como en eco, por el contraste y precisamente por su ausencia.
3. Como (no) se hace Como Alejandro Magno consiguió una hazaña militar, al cortar el nudo
gordiano, Alejo, el escritor cubano no menos grande, logró una “pica en Flandes”.
Supo hacerlo evitando graves errores como de críticos que estudiaron esta
joyita de obra. Cierto profesor, en su estudio, nada menos cuatro veces traduce
“Amberes” por Ámsterdam. Otro afirma que “se trata de un viaje
espacio-temporal-cíclico por la época (que) parte de Sevilla”, visiblemente
confundiendo el Guadalquivir con el Escalda, mencionado desde el primer
renglón del relato…3 Esas ligeras extensiones geográficas de la histórica Flandes,
no le caerían mal a algún famélico de por allá, pero la cuerda no da para
tanto! Por cierto, tampoco cabe confundir La Habana con Santiago de Cuba, ni
esta con Santiago de Compostela.
Carpentier no es un chapucero. Se apoya en previos estudios históricos.
Para uno, como flamenco, esas reconstrucciones tienen hasta la meticulosa
“tranche de vie” de los naturalistas: véase especialmente la entrada en materia,
con las dos páginas iniciales, evocándonos a pinceladas a Juan y el paisaje
que contempla en un muelle del imponente puerto de Amberes, antes de que
la funesta “furia española” de 1576 lo incendiara (sería el término ante quem).
Pienso además en la astucia y el afán reconstructivos del autor al tomar como
pivote de su lección alegórica -porque eso es, ver mi otro trabajo- a un personaje
histórico. En La música en Cuba, el mismo señala que
… en 1557 La Habana no contaba con más músicos que un flamenco, Juan de Emberas, que tocaba
el tambor cuando había un navío a la vista.4
La fecha calza como término a quo de la historia, esta vez la narrada: “el
tambor Juan de Amberes” ejerce el mismo oficio tanto en Flandes como durante
su estadía en la isla caribeña. Es así como su instrumento sendas veces se
menciona en el primer capítulo, cuando está ubicado a orillas del Escalda, y
3 Perdonen los colegas Ray Verzasconi y Julián González, citados respectivamente y mencionados en bibliografía.
4 p. 248, en las Obras Completas, vol. XII, Siglo XXI, 1987.

luego, también en otras dos oportunidades, en los capítulos V y VIII. De manera
que, partiendo de una base verídica (el tamborilero en Cuba), como buen
tejedor de sueños que es, el novelista inventa antecedentes verosímiles y casualmente
flamencos a ese mismo Juan. Así se hace.
4. Una pica engañosa, en el apellido
¡Ojo! No perdamos de vista que el soldado en cuestión es español por los
cuatro costados. Tanto en el capítulo II (todavía en Amberes), como después,
en el VIII (cuando anda por el Caribe), recuerda sendas veces del Alcalá de sus
años mozos, primero acordándose que casi escogió la carrera de los hábitos y
de las letras en vez de las armas y luego que era “Juan el Estudiante” en “las
artes del cuadrivio”. Desde luego también es ibérico por una serie de prejuicios
típicos de su entorno. Los hay de corte ideológico-nacionalista, como
cuando gimoteando del pecho abrasado (por la supuesta peste adquirida en Flandes)
simplemente desprecia a esos flamencos de sangre de lúpulo (II), en clara referencia
también a esos asesores del Emperador Carlos, buenos para la cerveza.
Prevalecen además las ideas llenas de prejuicio, típicas de esos “cristianos”
de la Contrarreforma. En el capítulo VII, en Cuba, se acuerda de que ha visto
enterrar mujeres vivas y quemar centenares de luteranos en Flandes.
Resulta curioso, sin embargo: colaborando a esa histórica “pica en Flandes”
del Duque de Alba, y después, en Cuba, Juan también es un enamorado
de Flandes y en eso se diferencia radicalmente de su creador: hemos comprobado
en otro trabajo que Carpentier no padece ni de “belgofilia” ni de “flamencofilia”
(con perdón por los neologismos)5. Sin ánimo de ser exhaustivo,
rastreo al menos cinco pruebas, en cuatro subdivisiones distintas, a partir de
otro tanto de lugares disímiles en la obra, como para dejar constancia de que
efectivamente Juan “perdió su corazón en Flandes” (¡y no en Heidelberg, como
reza la conocida canción alemana!).
En efecto, en su mismo país, el personaje añora a las flamencas, al recordar
gratamente aquellas mozas de Amberes, de carne abundosas, que gustaban de los
flacos españoles (III). En Sevilla se hace inscribir en los libros de la Casa de Contratación,
con el apellido de de Amberes, su ciudad-cuartel (V). En medios hispanos
y latinoamericanos la mayoría de los apellido suele crearse a partir de
un nombre y no de un lugar, como sí se usa al norte de los Pirineos. Si el citado
Juan lo hace, se puede deducir como una marca de simpatía, no tanto por
el país enemigo, sino como una manera de realzar él su propia hazaña allá. La
referencia a al puerto belga se repite después una docena de veces, estando el
personaje tanto en España como después, por el Caribe.
Allí por cierto le vuelve la nostalgia de cuando entró en Amberes al ver un
campanario esbelto sobre el hacinamiento de tejados (V). La referencia a lo estilizado
de esta y otras construcciones no se hace tanto por aprecio arquitectónico,
sino desde la perspectiva del vencedor. En el trópico mismo, preso ya de
5 Remito a este trabajo y al anterior, citados. Estoy también investigando la “imagen de Bélgica” en Alejo, a partir de otros textos suyos, literarios y críticos. Una muestra: “Confieso que -nacido en un país de sol- sólo me convencen totalmente los países de sol”: a propósito de visitas a Brujas y a Bruselas, en 1932 y 1934, Obras Completas,
vol. VIII: Crónicas, Siglo XXI, 1985.

morriña, no gallega sino flamenca, se hincha los pulmones al olerle (…) a su
desván de Amberes, con la pescadería de abajo (VI). ¡Por Santiago! puede haber
gritado, siempre en Cuba, en el capítulo VIII, cuando, como quien dice “en
busca del tiempo perdido” se acuerda de las ventanas verdes: ¡cómo no! al extranjero
que era, como nosotros, rente a esta realidad de Flandes, le pica la curiosidad
de ver esos que ahora llamarían “vitrales”, pero sin connotación religiosa,
porque entonces muchas casas señoriales, lo mismo que ciertos
muebles,6 iban con vidrio de color, en pequeños pedazos, sujetados con plomo,
como en un maravilloso encaje. El viajero se acuerda también de las mujeres
de pecho sonrosado, en la lejana Flandes…
5. Las musas tienen su capricho
A esta altura, desde luego abundan las interrogantes: ¿por qué el autor escogió
Flandes como inicio, si a él, como vimos, en lo personal no le gusta el norte;
en seguida, y ¿por qué su narrador no inicia, por ejemplo, en cualquier parte
del imperio español, como Nápoles (aludido en capítulo II), o con un
personaje en el mismo Burgos u otro sitio? Luego, ¿por qué a ese mozalbete de
Alcalá, si bien se le rastrean algunos ejemplos de añoranza de España, por una
cantidad de años sin precisar, está lleno de languidez por una tierra como Flandes,
con todo, peregrina y hasta enemiga? A tanta pregunta legitima, quizá demasiado
racional, simplemente se podría invocar la libertad creadora del autor.
Siendo así, para gente de Flandes, en una versión en “flamenco” (que es
lo mismo que “holandés”) y mejor se llama “neerlandés”7, o para lectores poco
avezados, el relato a primera vista despista porque esas referencias emotivas
a Flandes, además del mismo nombre de Juan de Amberes, parecieran confirmar
esa procedencia del protagonista. ¡Cómo no enredarse, si muchísimos
apellidos de allá se forman sobre la base de origen, con el “van” (+el lugar)!
Véase un ingente porcentaje de cualquier guía de teléfonos de Bélgica, o si prefiere
gente más selecta, en el mismo gremio artístico, piénsese, por ejemplo en
Rogier Van der Weyden, en Joost Van den Vondel, en el pobre Vincent Van
Gogh o en el mismo Ludwig van Beethoven y un largo etc. La verdad, esa es
la usanza latina que encontramos en el mismo Erasmo “de Rótterdam” (aunque,
a confesión de partes, con aquella ciudad holandesa tuviera esencialmente
solo el nexo de ser allí “producto del amor”). Veamos también como un antecedente
histórico-literario de esta obra El camino de Santiago, el “Codex
Calixtinus”8 refiere a “Aimericus Picardus” (es decir, paralelo: “Picardo”, de la
región al lado de Flandes), a quien se menciona junto a su compañera “Gilberta
Flandrensis” (en construcción similar: oriunda de Flandes).
6 Refiere a un tipo de ventanas que se observan en cantidad de los “primitivos flamencos”. Hasta había puertas de ciertos muebles de esa manera: el término “escaparate”, en español, proviene de “schapraai”, que ubica esos muebles.
7 La casa Gallimard publicó una estupenda versión bilingüe de esta joyita literaria, con la estupenda traducción de René Durand, muy útil para saborear el estilo barroco -nada fácil- de Carpentier. Ignoro si existe traducción al idioma de Vondel.
8 Ver la “Guía del peregrino medieval”, introducción, traducción y notas por Millán Bravo Lozano, Centro de estudios del Camino de Santiago, Sahagún, 5ª ed., 1989, p. 8-9.

6. Ser extranjero o, mejor todavía, “extrañarse”
La verdad es que el famoso protagonista de ese encantador relato, encaje
bien encajado, también habría podido auto-apellidarse “Juan de Flandes” no
por el lugar de nacimiento o de estadía regular, sino, en este caso, el de cierta
preferencia… Pero eso sería subestimar a Alejo Carpentier: existe, históricamente
un pintor flamenco con este nombre y de tal categoría que figura en el Museo
del Prado.9 Pues para enredar aun más esa pica en Flandes, conviene recordar
que en América Central, “Flamenco” es también un apellido, como para el muy
respetable educador-mártir Marcelino García Flamenco10 y en Panamá, en tiempos
del relato, por andar en enredos parecidos a los de Juan de Amberes, ciertamente
murió ahorcado un tal “Lorenzo de Amberes, flamenco”.
11 Termino soltando la loca de la casa, más allá de todo nacionalismo de corta
vista: de allí el epígrafe de abierta vocación internacionalista. La lección del
viejo Erasmo se mantiene tremenda en actualidad. Nuestro amigo Constantino
Láscaris (+1979) la hizo suya al recomendar, en la introducción a su excelente
libre El costarricense, que todos debiéramos “extrañarnos”, adoptar una
mirada como de extranjero.

BIBLIOGRAFÍA
Carpentier, Alejo. Guerra del tiempo, Alianza Editorial, 1993.
Carpentier, Alejo. La música en Cuba, en Obras Completas, vol. XII, Siglo XXI, 1987.
González, Julián. “El tema del viaje en un relato de Alejo Carpentier: El camino de Santiago”,
Repertorio Americano (nueva época), revista de la Universidad Nacional, Heredia, Costa Rica,
nº 6, julio-diciembre de 1998, pp. 94-99.
Valembois, Víctor. “Alejo Carpentier y su peculiar “pica en Flandes” (Lectura flamenca de su
obra El camino de Santiago)”, en Federico García Lorca et Cetera, Estudios sobre las literaturas
hispánicas en honor de Christian De Paepe, por N. Delbecque, N. Lie, B. Adriaensen (eds).
Leuven University Press, Bélgica, 2003, pp. 517-523.
Valembois, Víctor. “Lectura europea y universal de El camino de Santiago de Alejo Carpentier, ponencia
para el VIIº Congreso de Cultura Europea, en la Universidad de Navarra, a fines de
octubre del 2002.
Verzasconi, Ray. “Juan and Sisyphus in Carpentier´s El camino de Santiago”, Hispania, mayo
1965, XLVIII, nº 1, pp. 70-75.
9 “Juan de Flandes” ciertamente no era su nombre original (que, en neerlandés sería “Jan van Vlaanderen”). Es un pintor originario de Flandes que debe haber nacido después de 1480 y haber muerto antes de 1519. No se sabe si fue formado en la escuela de Gante o de Brujas. Desde 1496 era pintor de la corte de la reina Isabel la Católica.
Después de la muerte de la misma, ocurrida en 1504, el artista continuó realizando algunos encargos importantes, entre otros en la Universidad de Salamanca y en la Catedral de Palencia. (Datos del libro: La pintura flamenca en el Prado, ed. Mercator, Amberes, 1989.)
10 En Repertorio Americano, importante revista costarricense (vol. IV, 1922, 18, p. 247) sale un emotivo artículo sobre este educador salvadoreño que trabajó tres años en Costa Rica (1915-18) y fue asesinado por la dictadura de los Tinoco.
11 Ver en: Temas de Historia Panameña (libro escrito por María del Carmen Mena García, Ed. Universitaria, Panamá, 1996) p. 304. En la p. 314, del mismo escrito aparece un “Ángel de Medio Emburque, flamenco”, también entre los muertos.

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